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La cigarrera

La cigarrera


Quien no haya visto á la Puri
y no conozca sus prendas,
que en la Fábrica pregunte
y le dirán quién es ella.

Una morena graciosa,
más graciosa que morena;
con unos dientes tan blancos
que me río de las perlas,
cuando en dos filas iguales
al sonreír los enseña;
con una boca tan chica,
que el suspirito que vuela
y buscando la salida
a sus rojos labios llega,
antes de salir, dios sabe
el trabajo que le cuesta.

Una chula de una vez,
con andares de princesa,
con dos ojazos más grandes
y más negros que su pena,
y eso que nació la pobre
con una suerte bien negra,
pues dió su madre la vida
cuando le dió la existencia.

El padre no se enteró
de que tal hija tuviera,
hasta que de madrugada,
al salir de la taberna,
y entrar en su cuarto bajo
de la calle de las Velas,
en un rincón, medio à oscuras
vió difunta a su parienta,
y en otro rincón, llorando,
a una vecina ya vieja
que tenía à la chiquilla
entre unos trapos envuelta
y con tal hambre atrasada
que ya buscada la teta
metiendo la cabecita
en la toquilla mugrienta.

De caridad la criaron:
y se crió sana y buena
rodando de madre en madre:
siempre con la boca abierta
esperando la limosna;
siempre con cara risueña
agradeciendo el favor,
y siempre bonita y fresca
como una rosa de Mayo.

¡La caridad es tan bella
que todo cuanto cobija
con su mano lo hermosea!
Cuando cumplió los tres años
se quedó sola en la tierra.

Al padre lo hallaron muerto
un día entre dos botellas
de aguardiente, achicharrado
por la combustión interna,
sólo, y sin que una campana
tocase á fuego siquiera.

Y se hizo mujer la Puri;
pero, una mujer completa,
y en la sección de liados
no hay quien los dedos la vea
cuando sin descanso envuelve
cigarrillos de á cuarenta.

Labor fina es su labor;
y tan fina y tan selecta
y de tan rico perfume
que parece de la Vuelta
de Abajo la picadura
que en blanco papel encierra.

El cariñito de su alma
tan grande, desde pequeña
lo tiene dentro encerrado,
y á veces, sin que lo advierta
la interesada, se asoma
y ardiente relampaguea
en sus ojos, escondido
entre las pestañas negras
como diciendo impaciente:
«Caballeros, ¿quién me estrena?»

Pero aunque tanto la miran
y aunque tanto la requiebran,
no encontró la pobre Puri
un hombre como el que sueña.

Un hombre honrado y formal,
de esos que quieren de veras;
que buscan á una mujer
para llevarla á la iglesia
con su vestidito negro
y con su mantilla negra,
y con el ramo de azahar
colocado á mano izquierda,
y bien cogida del brazo
robusto que la sujeta.

¡Brazo que siente el alivio
del peso de la herramienta!
Hombres firmes en querer
quedan pocos en la tierra:
por eso la pobre Puri
tendrá que morir soltera
en la sección de liados,
labor fina de á cuarenta,
sin saber á lo que saben
esas caricias tan tiernas
con que las madres endulzan
de sus hijos la existencia.
¡Sin sentir sobre su frente
un beso de amor siquiera!

José Jackson Veyan, La cigarrera.
Ilustración de Montagud.
Nuevo Mundo, año VII. 21 Marzo 1900.

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