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La Noble Criada




Un caballero en Madrid tenía una noble criada
era tan leal y bonita, que de ella se enamoraba;
rendido la perseguía, andaba de sala en sala.
Dale lugar una noche para marcharse de casa.

Otro día a la mañana, la su mujer se levanta:
- Levántate, ya, Don Diego, que se marchó la criada,
nos ha llevado el dinero y el talego de la plata.
Aparéjate el caballo, te marcharás a buscarla,

le quitarás el dinero; otro daño no le hagas.
En el medio del camino, al amo ya le pesaba.
- Oh río, como no creces; oh fuente como no manas.
Doña Ura que lo ha oido, se ha ocultado entre unas ramas.

- Si tú te dieras a mi, serías ama en mi casa;
tú serías mi mujer, y mi mujer tu criada.
- No quiero que por mí sea la su mujer malcasada,
no quiero que los criados a mí me llamaran ama,

ni quiero que mi familia por mí sea deshonrada.
- Entonces métete monja del Convento Santa Clara.
- Eso sí que lo haré yo, porque a eso estoy obligada.
El sábado puso el paño, el domingo cayó mala,

el lunes ya se murió, el martes ya la enterraban.
Las campanas del país, desde muy lejos se oían;
unos dicen ¿quién seá?, y otros dicen ¿quién sería?
Es l'alma de Doña Ura, que para el cielo subía.


La Noble Criada
Joaquín Díaz. Cancionero de Romances


Créditos | Le Trompette et la Servante (1667), Peter Leermans.

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El Convidado de Piedra

Por las calles de Madrid, va un caballero a la iglesia,
más va por ver a las damas que por oír las completas.
Se ha acercado allí a un difunto, que está en imagen de piedra,
le ha agarrado de la barba y le dice de esta manera:

- ¿No te acuerdas, capitán, cuando estabas en la guerra
gobernando mil batallas, gobernando a tus banderas?
Yo te convido esta noche, a sentarte a la mi mesa.
El difunto que no duerme, en olvido no lo echa.

A eso de la medianoche, llega el difunto a la puerta
y le baja a responder un criado de la mesa.

- Criado, dile a tu amo, que el convidado de piedra
que convidó en San Francisco, viene a cumplir la promesa.
Le han acercado una silla para que se siente en ella,
hace que come, y no come; hace que cena y no cena.

- Yo te convido mañana, a cenar a la mi mesa.
El caballero asustado, al confesor le da cuenta.

El confesor le responde: - Hijo, comulga y confiesa
y lleva este relicario que te sirva de defensa.
Al toque de la oración, va el caballero a la iglesia,
ve dos luces encendidas, y una sepultura abierta.

- Arrímate, caballero; arrímate acá, no temas.
Tengo licencia de Dios de hacer de ti lo que quiera;
si no es por el relicario que traes para tu defensa
te había de enterrar vivo aunque Dios vida te diera,
porque otra vez no te burles de los santos de la iglesia.


El Convidado de Piedra
Joaquín Díaz. Cancionero de Romances

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Romancillo de Palmira

La Palmira se hizo un traje
pensando que se casaba;
ha de gastar ese y otro
y quedarse como estaba.
Palmira de la Palmira
Palmira que triste estás
de dónde vienes Palmira
de ronda con tu rapaz;

de ronda con tu rapaz
con tu rapaz Escipión
Palmira de la Palmira
Palmira del corazón.

Palmirita Palmirita
porecita de Palmera
te has retratado en camisa
por un reloj de pulsera.

Si quieres ver a Palmira
retratadita en camisa
vete por la calle abajo
que la lleva el retratista.

Por las calles de Madrid
la Palmira iba vendiendo
los pantalones de un hombre
que se les quitó durmiendo.

Los pantaloes quitaste
pero caro te salió
que al cabo de algún tiempo
un chaval resucitó.

Si el chaval resucitó
a nadie le echo la culpa
la culpa la tuve yo
por andar de noche a oscuras.


Romancillo de Palmira
Joaquín Díaz. Canciones y cuentos tradicionales

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Romance de Isabel

En Madrid hay un palacio
que le llaman de oropel,
y en él vive una señora
cuyo nombre es Isabel.

No la quieren dar sus padres,
ni a un conde ni a un marqués,
ni por dinero que valga
una corona de rey.

Estando un día jugando
al juego del alfiler,
paso por allí a caballo
un guerrero montañés.

La ha cogido de la mano,
se la ha llevado con él,
y en la mitad del camino,
llora la triste Isabel.

«¿Por qué lloras niña mía,
por qué lloras Isabel?
Si lloras por tus hermanos,
no los volverás a ver»

«No lloro por nada de eso,
ni por ningún interés:
lloro por un puñal de oro»
«Puñal de oro, ¿para qué?

Ya te lo daría yo
si me dices qué has de hacer»
«He de cortar una pera
porque estoy muerta de sed»

Él se lo ha dado al derecho,
y ella lo coge al revés,
para clavarlo en su pecho,
y así verse libre de él.

En Madrid hay un palacio
que le llaman de oropel,
y en el vive una señora
cuyo nombre es Isabel.


Romance de Isabel
Joaquín Díaz. Cancionero de Romances

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Viaje a la estación fantasma

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Imagen de la recién restaurada estación de Chamberí, "envejecida" digitalmente.

Había una vez una estación que no aparecía en los planos de Metro, y que tan sólo se aparecía a los viajeros una vez cada 100 años: la estación fantasma de Chamberí. Y así iba pasando desapercibida a los ciudadanos, escondida en un pliege del pasado.

Más | Fotos de la estación fantasma

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Reinaugurada la estación fantasma... como Museo del Metro


Imagen de la estación de Chamberí de Claudio Álvarez para elpais.es

Y por fin, más de 40 años después, el Ayuntamiento ha reabierto al público la estación de Chamberí, pero no como la parada de la línea 1 que fue antaño, sino como Museo del Metro.

La llamábamos la estación fantasma porque desde que la cerraron en 1966 había permanecido tal y como quedó el último día, como congelada en el tiempo. Los viajeros comprobábamos día a día su deterioro, y los más imaginativos inventaron para ella leyendas.

Ahora, tras 18 meses de intenso trabajo de restauración, lo que durante años fueron restos abandonados se han convertido en un testimonio vivo de una época. Hablo de los anuncios originales y de la decoración en cerámica de sus paredes.

Este nuevo Museo del Metro abre hoy sus puertas al público. Es gratuito y su horario es de martes a viernes de 11h a 19h. Sábados, domingos y festivos abrirá de 10h a 14h.



Anotaciones relacionadas | Estación fantasma | Viaje a la estación fantasma |
Visto en | 20minutos.es

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Malasaña

Malasaña y su hija, de Eugenio Álvarez Dumont
'Malasaña y su hija', de Eugenio Álvarez Dumont (imagen:extremaduraaldia.com)

Este cuadro de Eugenio Álvarez Dumont plasma la fiereza con la que el chispero Juan Manuel Malasaña combatió a los franceses el 2 de mayo de 1808 después de que su hija Manuela, de quince años y de profesión costurera, resultara muerta mientras le alcanzaba los cartuchos.

Esta historia, que podemos encontrar en la Guía de Madrid de Fernández de los Ríos, es al parecer inexacta. El boletín informativo del Museo del Ejército, en su número de octubre de 1996 hace una enmienda al respecto:

El erudito Carlos Cambronero ha realizado investigaciones que demuestran la inexactitud de la versión de Fernández de los Ríos. En efecto, Cambronero encontró la certificación del fallecimiento de Manuela Malasaña, que dice: "Manuela Malasaña, soltera, de edad de quince años, hija legítima de Juan, difunto, y de María Oñoro, parroquiana de esta Iglesia, calle de San Andrés, num. 18, murió el dos de mayo de 1808, se enterró de misericordia. Concuerda con su original a que me remito. San Martín, de Madrid y mayo 12 de 1815. Fray Bernardo Seco".

Por tanto, cuando murió Manuela el 2 de mayo, su padre ya había muerto. Pero ello no desmerece la gloria de la Malasaña, pues, efectivamente, la muchacha trabajaba en un taller de costura y su maestra, al escuchar los tiros que de todas partes sonaban, no permitió que las costureras saliesen del taller hasta que cesara el fuego. Ya anochecía cuando el silencio volvió a reinar en las calles y fue entonces cuando le fue permitido salir a Manuela.

Regresaba la muchacha presurosa hacia su casa pero durante el trayecto fue detenida por una pareja de soldados franceses que intentaron registrarla, a lo que ella, por pudor, se opuso. Los soldados le hicieron promesa de dejarla libre si se iba con ellos, pero ella, cogiendo las tijeras que llevaba en el bolsillo, les amenazó si se acercaban o se atrevían a tocarla. Los franceses ante tal resistencia la fusilaron en la propia calle.


En la Wikipedia encontramos otra versión según la cual Manuela Malasaña simplemente habría sido hecha prisionera por las tropas francesas y ejecutada junto a otros tantos madrileños aquel día. En esta versión también son protagonistas las tijeras, ya que el motivo de su arresto y posterior ejecución habría sido el hallarla armada con ellas.

En 'Un día de cólera', la reciente novela de Arturo Pérez-Reverte que narra los acontecimientos sucedidos en Madrid aquel 2 de mayo de 1808, el periodista no se casa con nadie y la pinta simplemente llevando y trayendo municiones a los rebeldes que resisten en el parque de Monteleón, un dato común a todas las versiones.

Lo que está fuera de toda duda es que su muerte impresionó a sus vecinos hasta tal punto de hacer sobresalir su nombre por encima del de otros que también murieron aquel día. Tanto, que el barrio donde seguramente vivió, próximo al parque de artillería donde se dice que perdió la vida, lleva su apellido: el barrio de Malasaña.

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La Cuesta de los Ciegos



'La Cuesta de los Ciegos', de M. Pedrero (imagen: Nuevo Mundo, 10/01/1900)

Cuenta la leyenda que en esta cuesta, cercana a la calle de Segovia, solían congregarse los ciegos para pedir limosna y que un día San Francisco de Asís les devolvió la vista ungiéndoles los ojos con aceite.

En Historia de Madrid cuentan además que hasta principios de siglo, era una peligrosa y abrupta ladera en la que los niños y jóvenes solían entretenerse deslizándose por la misma como si de un tobogán gigante se tratara y que por ello también se la conoció como Cuesta de Arrastraculos.

Hoy es una escalinata de más de 250 escalones que sube hasta el corazón mismo de las Vistillas, desde donde se puede apreciar una vista excepcional de la Catedral de la Almudena.

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Leyendas del metro de Madrid

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...y la Luna

«Corrían malos tiempos para la lírica. La corona de Aragón y la de Castilla no eran aún la misma, y la política no se jugaba en los despachos senatoriales, sino con aceros y lacres. Don Álvaro de Luna, valido de Castilla y maestre de la orden de Santiago, tenía buenos motivos para haberse mandado construir una vetusta casa-fortificada en el enclave donde hoy se levanta la iglesia de San Martín. Defensor del poder real frente al de los nobles, era acreedor de odios exacerbados en toda la villa. Uno de los peores enemigos era entonces Francisco Crispi Daura, que tenía su hacienda en la plaza del Callao.

Cierto día, los partidarios de ambos personajes se batían en duelo, como era su costumbre, cuando se hizo de noche. Cada uno se fue entonces a su casa, pero viendo que salía la luna, decidieron continuar la batalla, aunque batiéndose sólo los líderes de cada una de las facciones. Durante aquel duelo endiablado, ambos caudillos murieron al pie de una de las casas, conocida desde entonces como la Torre de la Luna. Isabel la Católica mandó derribar, unos años después, las torres de ambas casas, pero cuando se reconstruyó la de don Álvaro de Córdoba, en su pared se talló una hermosa luna, que dio nombre a la calle y plaza que hoy conocemos… O no...»

En la Red | La calle de la Luna, Alicia Urrea. Revista digital 'Reverso'.

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La Estrella...

Algunas calles madrileñas tienen nombres que parecen sacados de un poema. Es el caso de la calle de la Estrella, muy cercana a Gran Vía. Al parecer esta zona era en origen una elevada colina, y desde ella podía contemplarse muy bien el cielo en aquellos tiempos en que las farolas aún no habían robado las estrellas.

Se dice que hacia 1445, unos astrónomos subieron a esta colina a presenciar el paso de un cometa, que consideraban presagio de una gran epidema. Según cuentan, el paso del cometa pudo ser contemplado durante un largo rato y muchos curiosos se acercaron a la colina a verlo, por lo que se quedó con el nombre del Monte de la Estrella. Al urbanizar la zona, la calle abierta en su cima recibió el nombre de la Estrella.

También cuentan que cuando el marqués Ambrosio de Espínola, el famoso general español de la rendición de Breda inmortalizado por Velázquez, construyó su casa en este terreno, colocó sobre su torre una aguja con una estrella dorada. Sin embargo, la casa fue destruida durante un incendio provocado por sus adversarios políticos, lo que hace imposible comprobar si había o no una estrella.

Leído | Los nombres de las calles de Madrid, Mª Isabel Gea Ortigas

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La calle Desengaño

Mucha gente cree que la calle Desengaño sólo existe en las canciones, como la calle Melancolía, pero en Madrid hay una, muy cerquita de Gran Vía. Este curioso nombre guarda relación con una aventura nocturna del Caballero de Gracia, que tiene también su propia calle, por cierto.

Según la tradición, el caballero madrileño andaba rondando a una dama que vivía en esta zona cuando se encontró con el príncipe Vespasiano de Gonzaga, su rival. Ni cortos ni perezosos, ambos desenfundaron sus espadas para batirse en duelo por el amor de la dama, cuando una sombra cubierta por un velo y seguida por un zorro cruzó la calle. Los hombres intercambiaron una mirada de sorpresa y decidieron, tácitamente, aplazar el combate hasta descubrir de quién se trataba.

Ocultos en las sombras de portal en portal, siguieron a la figura hasta que ésta se paró junto a una tapia y se descubrió el rostro. Cuál no sería el asombro de los dos caballeros al deshacerse sus ilusiones. No era una agraciada dama la que se escondía en las sombras, sino una momia.

"¡Qué desengaño!", se dijeron los dos al tiempo, dando origen al nombre de la calle. También se dice que toda esta historia fue inventada para infundir miedo a los que transitaban la zona, con la intención de ahuyentarlos, porque en una quinta cercana se reunían unos conspiradores.

Y en tiempos más modernos esta calle se ha hecho famosa porque en el número 21 es donde supuestamente estaba la casa vecinal de la serie de televisión Aquí no hay quien viva.

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Las estatuas regias


Algo más sobre las estatuas de la calle de Reyes. Si recordáis, dijimos que habían sido encargadas con el fin de adornar la parte superior del Palacio Real, aunque nunca alcanzaron su destino. Y es que cuentan que una noche la reina Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, soñó que Madrid sufría un terremoto y las estatuas caían sobre ella. Por orden suya las esculturas fueron colocadas en distintos lugares de la ciudad: la plaza de Oriente, el Retiro, la glorieta de las Pirámides y el Museo del Ejército. Dicen que, por las noches, las estatuas bajan de sus pedestales para jugar a la pelota. Quizá, si les preguntas si puedes jugar te dicen eso de 'Es que somos pares...'


Leído | Curiosidades y anécdotas de Madrid, Mª Isabel Gea Ortigas. Ed. La Librería.

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Calle de Reyes

¿A dónde se han ido los reyes que alguna vez dieron nombre a esta calle? La tradición habla de que en uno de sus solares se esculpieron ciertas figuras de reyes destinadas a adornar el Palacio Real. Aunque más tarde las estatuas fueran a parar a otros sitios como la plaza de Oriente o el Museo del Ejército, el nombre de la calle es anterior a la construcción del Palacio, por lo que parece poco verosímil. ¿Alguien da más?


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La Posada del Peine

Posada del peine


Casi quinientos años de Historia nos contemplan desde el número 17 de la calle de Postas. Se trata de la Posada del Peine, que se jacta de ser el establecimiento hotelero más antiguo de España.

Corría el año 1610 cuando a un tal Juan Posada se le ocurrió crear un alojamiento de lujo para los huéspedes y forasteros que llegaban a la Corte. Alcanzó el establecimiento tanta fama que el apellido del fundador sirve para denominar a ese tipo de hospedaje. Durante muchos años, hasta la creación de los hoteles, pervivió la distinción entre mesones (frecuentados por los comerciantes, donde se daba de comer también a sus animales), posadas (de más distinción, donde se alojaban caballeros que no gozaban de buena situación), hosterías (destinadas a aristócratas) y albergues (para las clases inferiores).

De la Posada del Peine se han dicho muchas cosas, como que enla habitación 126 existía una puerta secreta que conducía, a través de unas escaleras, a una habitación oculta donde más de un personaje se escondió en tiempos comprometidos. También se dice que en las habitaciones más modestas apenas cabía la cama y la mesilla, y la ventilación era un desastre.

¿Por qué del peine? No he conseguido averiguarlo, prometo que la investigación queda abierta. En cualquier caso, la Posada del Peine es y será siempre «histórica, destartalada y entrañable», como Camilo José Cela la describió una vez.

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La virgen de la muralla

Madrid, por tradición de sus mayores,
busca su imagen con devota pena
donde los africanos vencedores
tenían de su trigo la almudena.
El muro produciendo varias flores
por los resquicios de la tierra amena,
con letras de colores parecía
que les mostraba el nombre de María

Lope de Vega


Otra de las leyendas más conocidas es la que rodea a la Virgen de la Almudena. Se cuenta que cuando el apóstol Santiago se vino para España a evangelizarnos, se trajo con él una escultura de la Virgen. Habría sido tallada por San Nicodemus y pintada por San Lucas cuando ésta aún vivía. Cuando San Calocero, uno de los discípulos del apóstol, se asentó en la villa para predicar, depositó la imagen en la Iglesia de Santa María para que los madrileños pudieran demostrarle su devoción. Y así se dice que lo hicieron durante muchos siglos.

Aunque era aún una villa insignificante que apenas contaba cuatro gatos, los musulmanes encontraron en el siglo VIII que su situación estratégica era muy buena, y decidieron establecerse en ella. Se dice que entonces los cristianos madrileños, temerosos de que la talla pudiera ser profanada, la ocultaron en un cubo de la muralla. La colocaron en el nicho con dos velas encendidas y luego lo tapiaron para disimular el escondite.

Tres siglos más tarde, en 1085, Alfonso VI de Castilla, El Bravo, reconquistó Toledo y expulsó a los musulmanes de Madrid. Además de ordenar que la mezquita donde una vez había estado el templo dedicado a la Virgen recuperara el culto original, como estaba al corriente de la ocultación de la talla, ordenó que se investigase su ubicación exacta. Pero el tiempo no pasa en balde, y ya nadie sabía su paradero.

Así que recurrió a la ayuda divina. Rezaron los madrileños durante nueve días con sus noches para que la Virgen les indicase el camino. El noveno día, 9 de noviembre de 1085, se organizó una procesión hasta la Iglesia de Santa María, pasando por los posibles lugares de la muralla donde se podía encontrar.
Cuentan las crónicas que en esta procesión iban, además de don Alfonso VI de Castilla, el rey don Sancho de Aragón y de Navarra, el infante don Fernando y el famoso Cid Campeador, don Rodrigo Díaz de Vivar.

Según la leyenda, cuando la comitiva hubo llegado a la Cuesta de la Vega, el muro se abrió de súbito. En el hueco de la muralla, alumbrada aún por las dos velas que la acompañaron en su retiro, se encontraba la imagen de la Virgen. Desde aquel día se la llamó
Virgen de la Almudena, por haber estado oculta en el lugar llamado por los musulmanes almudín, que significa "depósito del trigo". También desde entonces se la considera patrona de Madrid.

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La calle de la Cabeza

Son muchas las leyendas que han circulado por Madrid, y esta noche parece apropiada para contaros una de ellas, la de la calle de la Cabeza. Cuentan que un caballero venido de otra ciudad compró una cabeza de carnero en un puesto de comestibles, y se fue con el paquete debajo del brazo, sin advertir que iba dejando un rastro de sangre. El que sí lo advirtió fue un alguacil que pasaba por allí y le dio el alto, pidiéndole explicaciones. Pronto se formó un corro y el sospechoso no dudó en contar la historia y mostrar a todos su adquisición. Cuando por fin destapó el contenido del paquete, la concurrencia empalideció y gritó de terror. En vez de una cabeza de carnero, se trataba de la cabeza de un hombre.

El caballero no salía de su asombro, y trató de buscar una solución lógica. No lo consiguió. Presionado por la mirada de los curiosos, del alguacil y de la cabeza confesó un crimen cometido algunos años atrás. Cuando era joven, había servido como criado a un sacerdote que tenía fama de avaro y malhumorado. El sacerdote tenía dinero y el mozo tenía deudas, así que un buen día puso la casa patas arriba para robarle todo lo que guardaba, con tan mala suerte que el religioso regresó de improviso, sorprendiéndole. Mala suerte para el sacerdote, claro, porque se lo liquidó. Lo decapitó, cogió el dinero y se dio a la fuga para que las autoridades no lo ajusticiaran. Cuando pasaron los años y se hubo olvidado el suceso, volvió a la ciudad fingiendo ser un caballero rico por su casa.

Aunque se mostró arrepentido, fue condenado a muerte unos meses después y ejecutado en la Plaza Mayor. La sangrienta historia corrió de boca en boca, y tanta fue su fama que en la fachada de la casa donde vivía el sacerdote se colocó una cabeza de piedra, y comenzó a llamarse así a la calle.

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La estación fantasma del metro




Si el viajero pega la cara al cristal y escudriña en la oscuridad entre las estaciones de Iglesia y Bilbao de la línea 1 de metro, podrá ver la antigua estación de Chamberí, cerrada en mayo de 1966. Aún conserva los andenes, pasillos, taquillas y papeleras llenas de billetes como si esperase el día en que el hechizo se rompa y uno de esos trenes que la hacen estremecerse con sus ecos se pare y le devuelva a sus viajeros.

Aportaciones | Un navegante anónimo nos pasa esta foto de la estación
Actualización | ¡Por fin la reabrieron!

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Hipomenes y Atalanta

'Hipomenes y Atalanta', de Guido Reni


¿Por qué son leones y no caballos quienes tiran del carro de Cibeles?

Atalanta era una joven griega a quien el oráculo había vaticinado grandes desgracias -cosa rara en un oráculo- si contraía matrimonio. La doncella perdió por ello el poco interés que tenía por casarse y se dedicó a lo que más le gustaba: la caza. Como era una mujer muy hermosa y pretendida por multitud de hombres, se le ocurrió proclamar que cualquier hombre que aspirase a desposarla debía competir con ella en una carrera. Si ganaba, conseguiría su mano. Si perdía, ella misma se encargaría de darles muerte. Aunque cualquier persona en sus cabales se hubiera mantenido alejada de semejante psicópata, parece ser que muchos jóvenes griegos con especial desapego a sus vidas buscaron suerte y encontraron... el final de su lanza.

Para desgracia de Atalanta y regocijo del oráculo, uno de ellos ganó la carrera. Hipomenes, el muchacho en cuestión, había pedido ayuda a Afrodita, quien le había entregado tres manzanas de oro del jardín de las Hespérides. Siguiendo el consejo de la diosa, Hipomenes arrojó uno a uno los tres frutos durante la competición, provocando que Atalanta se detuviera a recogerlos y llegara después que él a la meta. Hipomenes era listo y consiguió a su amada, pero no lo suficiente, porque se le olvidó agradecer a la diosa del amor el favor que le había concedido. Y las diosas suelen tener un pronto muy malo.

Afrodita, que era especialmente retorcida, encendió la pasión de los dos amantes cuando pasaban junto a un templo de Cibeles, excitándolos de tal forma que no pudieron sino satisfacerlo allí, en las mismas narices de la diosa. El castigo por profanar el suelo sagrado no se hizo esperar, y Cibeles apareció enfurecida, los convirtió en leones y los unció a su carro por toda la eternidad.


«Los hombros se convierten en paletillas, todo el peso se carga
en el pecho y con la cola barren la superficie de la arena.
En su rostro hay ira, en vez de palabras lanzan rugidos,
en vez de casas habitan la selva y, leones temibles para los demás,
muerden con sus dientes domeñados los frenos de Cibeles.»

Ovidio, Metamorfosis, Libro X. Canción de Orfeo: Hipómenes y Atalanta


Créditos | Hipomenes y Atalanta, Guido Reni. Fuente: Wikimedia Commons

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