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La ciudad

En qué pensarás

LA CIUDAD

Se hacen de hormigón y de cristal,
de lugares extraños y gentes ocupadas.

En todas crece un árbol
delante de la casa de un suicida
y hay niños que acostumbran a dormirse
soñando con un perro.

No faltan desayunos en hoteles lujosos,
ni tampoco familias con jardín,
pero son más frecuentes
los portales oscuros con pareja de novios,
el beso frío,
la rosa de cemento en la ventana.

Las calles desembocan en plazas descompuestas,
las tardes de domingo en las cafeterías
y el humo de los coches en los ojos del loco
que murmura sus años
y los cuenta sin fin
de metro en metro.

Al salir de los túneles sentimos
que los cielos de agua
son igual que una carta del pasado,
y suele comprenderse
que la vida es un arma lenta y de doble filo
en los pasos sin nadie,
en las noches vacías
o en la debilidad que tienen
las ciudades por los cines de barrio
y por las taquilleras muy pintadas.

A pesar de los plátanos, los olmos y los tilos,
a pesar de la hierba, si es que hablamos del Norte,
La gente que nos mira,
la gente que se salta los semáforos,
la que fluye delante de las tiendas,
necesita el amparo
de otra vegetación,
un sigilo de números y tarjetas de crédito
que extiende sus raíces por los sótanos
y busca soledad en los desvanes
como los muebles y las ratas viejas.

No es inútil viajar,
porque es cierto que todas las ciudades
amanecen de un modo parecido,
pero la noche llega en cada una
de manera distinta.

De día pueden verse
secretarias, conserjes, policías,
músicos callejeros y soldados,
dependientas que escuchan y sonríen,
oficinistas con olor a instancia,
conductores, extraños sacerdotes,
ejecutivos humillados.

Igual en todas partes,
porque apenas existen los kilómetros.

Pero existe la noche,
la soledad que borra los oficios
en un mundo habitado solamente
por hombres y mujeres,
confidencias de amarga valentía.

En las ciudades pueden encontrarse
relojes que se paran en la última copa,
la luna sobre un taxi
y todos los poemas que te escribo.

Luis García Montero, Completamente viernes.

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6 comentarios:

Blogger piradaperdida dijo...

llevaba tiempo guardándome esta foto porque quería averiguar el autor de esta estatua... ¡pero me resulta imposible!

lo mismo me ocurre con otras estatuas que pasean por Madrid, como la muchacha de la calle Pez o el barrendero de la plaza de Jacinto Benavete... no consigo seguirle la pista a su creador ¿alguna ayuda?

12 de mayo de 2005, 19:18  
Anonymous Anónimo dijo...

Pobres.....están buscandose los unos a los otros...no lo sé...pero investigaremosssssssss... .. .

Un atento fan de este blog!!!

13 de mayo de 2005, 16:00  
Blogger lostovertherainbow dijo...

me encanta, Laura, me encanta esa estatua y me encanta el poema que has puesto.
intentaremos averiguar de quién es.
un abrazo

13 de mayo de 2005, 17:53  
Blogger kusipi dijo...

Esta estatua me encanta desde la primera vez que tropecé con ella, y le pedí disculpas...Propongo al Ayuntamiento que ponga una de esas famosas cámaras en este tramo de vía...para ver la cara de alucine que se le queda a la gente la primera vez que la ve!

17 de mayo de 2005, 23:33  
Blogger piradaperdida dijo...

jajajajaja
yo paso por ahí muy a menudo y aún a veces, en los días de lluvia, me sorprende verlo tan terne

¡y las ganas que dan de ponerse a su lado en la barandilla y seguir su mirada!

17 de mayo de 2005, 23:36  
Anonymous Anónimo dijo...

intento sin compañía de rehabilitar una ciudad.
o eso creo.
siento que me han robado al poeta!!!!
"En las ciudades pueden encontrarse
relojes que se paran en la última copa,
la luna sobre un taxi
y todos los poemas que te escribo."
y haber quien discute contra eso.
me suelo pasar aunque no deje huella.
un saludo.

23 de mayo de 2005, 16:39  

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