Un masterchef para el Retiro
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...y desde el cielo, un agujerito para verlo.
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Hacía tiempo que habían dejado de ser niños cuando se enamoraron. Ella peinaba canas de cuarentona y sus tres hijos eran ya mayores, y él contaba casi cincuenta inviernos. Ambos habían vivido en Madrid desde muy jóvenes. Él era canario y ella, gallega.
Se les veía a menudo por Madrid, paseando tomados de la mano, disfrutando juntos de una tertulia literaria en los cafés de la ciudad o incluso espiando conversaciones ajenas que luego él reflejaba en sus novelas. Esta costumbre le valió que Baroja dijera de él que sabía «hacer hablar al pueblo».
Ella también escribía. Novelista, periodista, ensayista... No hacía tanto que la sociedad madrileña se había escandalizado con uno de sus escritos, que le costó el matrimonio. Desde entonces, había tenido muchos amantes, y todavía le engañó a él con algún jovencillo. Sin embargo, siempre la admitía de nuevo a su lado porque, como dijo una vez, ella era «tan noble, tan sincera... que siempre se hace perdonar.»
Su romance duró veinte años, hasta que la vejez se lo llevó. Ella tardó apenas un año en seguirle. Madrid todavía los recuerda con sendos monumentos en el parque del Retiro y la calle de la Princesa.
Créditos | La magnífica imagen de la Rosaleda del Retiro que ilustra esta nota es de Felipe Gabaldón
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